viernes, 9 de agosto de 2019

antiguo ceramista


Una tarde fui a visitar a mi abuela. Hora de la siesta.
Me había dejado un juego de llaves para no molestarla.
Entré sin hacer ruido.
Estaba en la cocina. No me oyó entrar.
Me quedé apoyado en el marco de la puerta.
Preparaba un bocadillo.
Cortó un trozo de pan, lo abrió por la mitad, cogió un tomate, lo restregó con parsimonia, después un hilo de aceite, un pellizco de sal. Colocó más tarde unos trozos de fuet, como aquel antiguo ceramista que incrustaba piedras preciosas en la vasija.
Cuando hubo acabado, se giró y dijo: Toma, para ti.


lunes, 29 de julio de 2019

extraño malabarismo


Aquella tarde llevamos a nuestros hijos a la feria.
Había cuatro atracciones, pero ellos solo querían subirse en un destartalado tren de la bruja.
De dónde habría salido ese tren, esa vía.
Compré dos fichas.  
Mientras los niños se subían, un hombre se puso una careta de bruja y se encaramó al último vagón. Nadie pareció verlo.
En la mano, una pequeña escoba con la que hizo un extraño malabarismo.
La bruja me miró fijamente.
Mis hijos reían nerviosos en el primer vagón.
Hice el ademán de subirme para sacarlos de allí.
Pero entonces el tren se puso en marcha.


neblina


La cosa empezó a torcerse cuando mi padre compró la mosquitera.
Hasta aquel momento habíamos vivido todos esos años sin necesidad de ninguna mosquitera en la puerta de entrada. Incluso mi madre había llegado a decir que allí no se pondría nunca ninguna mosquitera, porque no hacía falta y, sobre todo, porque enturbiaría la vista del río y la montaña que tanto había contemplado la abuela.
Con el tiempo, la mosquitera fue llenándose de polvo y telarañas, y la nítida luz que siempre se había colado por aquella puerta se convirtió en una neblina cada día más apagada y sórdida.
    

un gorrión


Casémonos, dijiste, y tu voz en aquel preciso momento brotó como una flor un lunes de junio, desenfocada pero segura de sí misma.
Te respondí Cuándo, así te lo dije, sin pensar, solo eso y nada más, y justo en ese momento vi que tu cara se iluminaba, y nunca antes había entendido el significado de esa expresión.
Rizabas una mecha de tu pelo con el dedo y sonreías, no esperabas mi respuesta, y entonces un gorrión se posó en la silla donde estabas y, durante unos segundos, pareció contarte un secreto.
Nadie entonces podía llegar a imaginar mi felicidad.

sábado, 14 de julio de 2012

barbacoa

Fuimos a casa de mis tíos.
La acababan de comprar.
Una especie de herencia rara.
Nunca supimos muy bien de dónde había salido ese dinero.
Era una casa con jardín.
Había un pino, majestuoso, que vigiló nuestros movimientos durante aquella barbacoa de domingo.
Después de comer, mi primo fue a su habitación y volvió sonriente con un boomerang.
Caminamos un poco más allá, para no molestar.
Mi primo lanzó con fuerza aquel cacharro, que se adentró en el azul del cielo.
Estuvimos esperando unos segundos.
Miré de reojo a mi primo, que ya no sonreía.
Aquello no volvió nunca más.

viernes, 28 de enero de 2011

caballo herido

Le pedí a mi hermano que sujetara a mi padre.
Lo atamos a la silla mientras dormía.
Latas de cerveza amontonadas en la mesa.
Mi hermano lo agarró del cuello con el brazo derecho.
El viejo se despertó, pero apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Cuando lo tuve bien sujeto, mi hermano se separó de él.
Resoplaba y gritaba como un caballo herido.
Ni siquiera sé si nos reconoció, ahí, delante suyo.
Apagamos la luz de la cocina, cogimos nuestras cosas y nos fuimos.
Una vez en la calle, las caras de la gente reflejaban algo que nunca antes habíamos percibido.

jueves, 23 de diciembre de 2010

tapados con mantas

Pasábamos las noches de verano en la terraza, mirando estrellas.
Tapados con mantas.
Hay alguna foto. Dónde estará.
Tapados con mantas pasábamos las noches de verano, hablando y mirando estrellas.
Los ruidos de la noche también eran nuestros entonces.
Y así, tapados hasta el cuello, esperábamos a que apareciera una estrella fugaz de la oscuridad.
Entonces una allí, por el norte, justo donde no la esperábamos.
Así que fijábamos la vista hacia el norte.
Pero luego una allá, al oeste.
Y así pasamos las noches de verano, en la terraza, felices, aun sabiendo que siempre estaríamos mirando al lugar equivocado.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

nada grave

Siempre me subía al coche con la sensación de que íbamos a tener un accidente.

No un accidente grave con muertos ni nada de eso, simplemente algo que se pudiera contar en las cenas de Navidad, o en una terraza con los amigos.

A ese tipo de accidente me refiero.

Mi padre apenas sabía conducir. Era un borracho, un perdedor.

Por eso yo siempre esperaba ese accidente, cualquier cosa, algo, nada grave, ya digo.

Pero el accidente nunca llegó.

Y yo siempre me bajaba del coche con la sensación de que lo único que sabía hacer mi padre era defraudarme.

pulpo inquieto

El otro día mi hijo se cayó por las escaleras.

Iba conmigo, cogido de la mano, y no sé cómo pudo caerse.

Fue algo tan rápido como absurdo.

Su pequeña mano se deslizó dentro de la mía como un pulpo inquieto.

Luego su cabeza golpeó la barandilla, el escalón, la pared y, finalmente, el suelo.

Lo vi todo con una gran claridad, a cámara lenta. Incluso imaginé que, una vez en el suelo, se levantaría, nos reiríamos del tropezón y luego iríamos a tomarnos un helado para celebrar que no había pasado nada.

Tantas cosas que podríamos haber hecho juntos.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

mi madre aplaude

Un domingo por la tarde, mis padres decidieron revisar unas antiguas cintas de vídeo.
Mis abuelos estaban en casa, y también mi hermana mayor, que aquel fin de semana nos había hecho una visita.
Mi padre se encaramó a la estantería y sacó la caja con las cintas.
Habría unas cincuenta, todas fechadas.
Empezó por la más antigua.
En la imagen, un parque, un tobogán, mi madre juega con mi hermana y protege en todo momento su diminuto cuerpo durante el descenso.
Luego ríen y mi madre aplaude y besa a mi hermana.
Ya entonces, nadie parecía echarme de menos.

lunes, 29 de noviembre de 2010

saco de arena

El vecino colgó un saco de arena en su garaje.
Por las tardes lo podías escuchar, atizándole al saco.
Un día me dijo si quería probar.
Yo tendría unos diez años.
Golpeé ese saco sin demasiado entusiasmo.
Él me recomendó que pensara en alguien que me cayera mal.
Me vino a la cabeza uno de clase, y mis golpes fueron entonces más creíbles.
Al cabo de un tiempo, el de mi clase se mató con sus padres en el coche.
Nunca pensé que yo tuviese algo que ver, pero se me fueron quitando las ganas de darle golpes a nada.

martes, 31 de agosto de 2010

objetos escondidos en cajones

Empezamos a desconfiar de nuestros padres.
No podríamos decir exactamente cuándo se inició este proceso pero lo cierto es que ellos, que tanto habían significado para nosotros hasta entonces, que tanto habían luchado para ganarse nuestra confianza y cariño, ahora ya no nos transmitían ninguna seguridad.
Y tampoco seríamos justos al acusarles de algo en concreto.
Simplemente llegó ese día en el que, puede que por culpa de algún ademán, alguna respuesta no contestada, algunos objetos escondidos en cajones, o quizá por esquivar nuestra mirada al hablarnos, gesto que siempre nos prohibieron de pequeños, empezamos a desconfiar de nuestros padres.

martes, 20 de julio de 2010

tanatorio

Año tras año, día a día, fui descuidando a mis amigos. Y ellos, de alguna manera, también se fueron olvidando de mí.
Un día imaginé quién de ellos vendría a mi entierro.
Puede que aquel. O aquella. También. Quizás.
Para salir de dudas, le pedí a mi hermana que les escribiera un mail comunicándoles mi muerte y el horario de visitas del tanatorio.
Al día siguiente, fui el primero en llegar.
Me senté en uno de los bancos.
Estuve esperando durante todo el día.
De vuelta a casa pensé que quizá fue el mal tiempo. Quizá la hora. Quizá yo.

insecto

Los dedos del niño marcados en la ventana del comedor.
La madre puede verlos desde su asiento de copiloto.
Marido al volante, niño en asiento trasero, maletas en maletero, primer día de vacaciones.
Y está a punto de decirle al marido que pare un momento el motor, que ha olvidado algo pero, por el contrario, no dice nada.
El coche empieza a moverse.
El marido silba la canción de la radio mientras el niño observa a un insecto que se ha posado en el respaldo de la madre, quien aprieta un puño y deja escapar la misma lágrima de siempre.

lunes, 11 de enero de 2010

sombra frágil

Los perros empezaron a ladrar en plena madrugada. Así estuvieron un rato, una hora, quizá más. Entonces el hombre abrió la puerta de casa y se quedó de pie bajo el umbral, mirando hacia la oscuridad. La luz interior definía su silueta, que proyectaba una sombra frágil, extranjera. Sostenía una escopeta, o algo parecido. Los perros seguían ladrando en algún lugar de la madrugada. El hombre dio un paso al frente y disparó una vez al aire. Los ladridos cesaron. El hombre continuó de pie bajo el umbral durante unos minutos. Luego entró en la casa y cerró la puerta.

domingo, 4 de octubre de 2009

en las rocas

Mi padre nos dijo que nos esperaba en las rocas.
No sabíamos muy bien a qué rocas se refería pero todos le dijimos De acuerdo.
Sonó extraño, al unísono, ese De acuerdo.
Normalmente usábamos otro tipo de respuestas.
Vale, por ejemplo, o Muy bien.
Pero, aquella tarde, a nuestro padre le contestamos De acuerdo.
Durante todo el camino estuve preguntándome el por qué de esa respuesta, por qué precisamente ahora habíamos tenido que cambiar.
Quise correr y adelantarlos, separarme del grupo para alcanzar a mi padre y caminar a su lado.
En cambio, como siempre, continué ahí, callado, perdido, último.

lunes, 7 de septiembre de 2009

palpando las paredes

Después del accidente, mi hermana y yo fuimos a casa de mi padre para decidir qué hacíamos con la ropa.
Para mí no suponía ningún problema dejarla ahí, en el armario, pero mi hermana concluyó que cuanto antes nos quitáramos ese peso de encima, mejor.
Estuvimos empaquetando ropa durante horas.
Me asombré de nuestra entereza mientras lo hacíamos.
En el pasillo íbamos dejando las bolsas.
Lentamente, impregnaron toda la casa con su olor.
Sin que mi hermana me viese, cerré los ojos y perseguí a mi padre, palpando las paredes.
En ese momento no pensé que estuviera haciendo ninguna tontería.

martes, 1 de septiembre de 2009

oír algunas lágrimas

Una tarde de invierno estaba sentado en el sofá con mi madre al lado.
Sin motivo aparente, empezó a acariciarme el pelo.
Y así estuvo durante casi una hora, acariciándome lentamente el pelo.
Yo me dormía a ratos.
Mi hermano mayor estaba sentado a la mesa del comedor, haciendo los deberes, mientras mi madre me acariciaba lentamente.
De vez en cuando podía percibir cómo levantaba la vista de la libreta y nos miraba.
No pude ver la expresión de sus ojos, pero sí oír algunas lágrimas caer sobre el papel, difuminando, supuse, las sumas y las restas y su nombre.

domingo, 5 de julio de 2009

último suspiro

Los últimos días de vida, mi abuelo los pasó viendo a gente que no estaba ahí.
El espejo de la habitación se convirtió en una ventana por donde entraban conocidos, desconocidos y familiares muertos.
Mi abuela pinzó una sábana encima del espejo para hacer desaparecer aquella ventana imaginaria.
Ahora, una sábana azulada caía por encima del espejo, inmóvil como un fantasma educado y respetuoso que no se atreviera a llamar la atención.
Y, detrás de la sábana, me imaginé a toda esa gente, conocidos, desconocidos y familiares muertos, esperando a que el último suspiro de mi abuelo les dejara entrar.

sábado, 27 de junio de 2009

después de los cafés

Cuando nos sentamos a la mesa de este restaurante yo tenía cinco años.
Vine con mis padres y mi hermana, que acababa de nacer.
El camarero nos trajo la carta cuando cumplí diez.
Mi hermana de cinco años jugaba con nuestro hermano pequeño, de dos.
Conocí a mi mujer cuando nos sirvió el primero. Mi madre se encargó de traer una silla para ella.
Durante los postres, mi hermana, con mi hijo en sus rodillas, me dijo que se iba a casar con su novio de toda la vida.
Ahora, después de los cafés, iremos al entierro de mi padre.

lunes, 11 de mayo de 2009

moscas, moscas

El tren se detuvo.
Nunca antes había pasado algo así. Al menos nunca antes se había parado en ese lugar, justo antes de entrar en el túnel.
Estuvo así unos quince minutos y luego reemprendió la marcha lentamente.
Entonces te asomaste por la ventana y pudiste ver todo aquello que nunca habías visto.
Las jeringuillas, las cucharas, papel de plata, las bolsas de basura llenas, los condones, una muñeca sin ojo y sin pierna, el mástil de una guitarra, un animal muerto, sangre, moscas, moscas.
Luego el tren aceleró la marcha.
Pero tú ya no volviste a ser el mismo.

miércoles, 8 de abril de 2009

los hombres y los perros

Hubo una época en la que las señoras salían a comprar el pan, los niños jugaban en la calle, el rey bebía vino, los gatos caminaban por los balcones y los tejados, los hombres cantaban y saltaban y los perros ladraban y mordían.
Hubo una época en la que todo el mundo vivía muy feliz sin poder imaginar lo que estaba a punto de sucederles.
Un día, el rey dijo: nada de verbos.
Y entonces las señoras el pan, los niños en la calle, el rey vino, los gatos por los balcones y los tejados, los hombres y los perros.

jueves, 19 de marzo de 2009

familia

En una determinada época de mi vida tuve que tomar una serie de decisiones que no sé si afectaron a mi familia pero sí que me afectaron a mí ya que era yo el que las tuve que tomar y el resto de mi familia sólo esperó a que yo tomara esa serie de decisiones que ni siquiera supieron en qué momento justo sucedió simplemente las tomé un día y puede que sí les afectasen y eso no lo negaré porque negarlo sería de estúpidos y precisamente para que mi familia no me considerara estúpido tomé esa serie de decisiones.

lunes, 16 de febrero de 2009

tras la cortina

A estas alturas de la novela, el protagonista debería intentar besar a la protagonista o, si debido a su delicada timidez no se atreviera, al menos proponerle un paseo a caballo, por el valle, al atardecer, para, más tarde, invitarla a cenar a casa y contemplar desde el gran ventanal el cielo anaranjado de la tarde, árboles movidos por ráfagas de viento, el crujir de la madera bajo sus pies mientras se dirigen al gran sofá después de cenar, las montañas recortadas, como su escopeta tras la cortina, esperando el momento en el que ella echase la cabeza para atrás.

lunes, 2 de febrero de 2009

últimos bancos

Casi todos los domingos de mi infancia los recuerdo en misa.
Iba con mi madre y siempre nos sentábamos en los últimos bancos.
Desde aquel lugar privilegiado pude observar detalles de la vida que el día a día no me solía ofrecer.
Como aquella vez en que nuestro vecino le robó el monedero a su propia mujer, mientras rezaba arrodillada.
Miré de reojo a mi madre y comprobé que ella también lo había visto.
Luego fuimos a casa.
De camino alcanzamos a nuestro vecino y su mujer.
Él le pasaba el brazo por el hombro.
Ella le besaba la mano.